A pesar de los consejos de los dermatólogos, broncearse es una de las prioridades de belleza del verano. Pero lo cierto es que no siempre ha sido así. Hasta el comienzo del turismo masivo, en veraneos de caseta de playa y balneario las damas de la nobleza protegían su rostro bajo sombrillas. Blanco era sinónimo de belleza y pureza, de delicada y exquisita palidez.

Ya en mitad del siglo XX, los cuerpos íntegros al sol ponen de moda el bronceado, bueno, al principio, el rojo vivo, y más tarde, ya con más grados de protección y prudencia, el moreno. La tendencia: cuanto más mejor.

Se suele aceptar que en la moda está lo bonito, lo atractivo, lo moderno. Pero, ¿Es siempre así? ¿Y en el caso de la obesesión por tomar el sol? Tal y como nos confirma el experto en belleza facial Sergio Fernández, el bronceado no es una excepción de la gran regla: no sienta bien en todos los rostros. Y es que, cuando un cutis se broncea puede empequeñecer ciertos rasgos de la cara, por tanto puede provocar un efecto poco favorecedor. Sin embargo, en otros casos puede ayudar a “camuflar” defectos que serían más evidentes con una piel menos bronceada.

Teniendo en cuenta lo anterior, en una cara morena se disimulan bien las proyecciones de nariz y mentón, es decir, una nariz que sea afilada, que tenga un tabique nasal prominente o una punta muy respingona.

Por su parte, los ojos se empequeñecen con el bronceado, así que en rostros donde son oscuros y no muy grandes, no conviene tomar mucho el sol, porque se pierde expresividad y fuerza en el conjunto. Si son claros, siempre se destacan más, aunque, también armonizan mejor con la luminosidad de un rostro claro.

Por otro lado, los bronceados artificiales no favorecen en general al rostro, puesto que aportan un tono anaranjado poco natural. Lo mismo ocurre con las cremas protectoras, de las que se recomienda huir si llevan color. Lo ideal son las cremas bronceadoras, que no pigmentan, no tiñen, pero sí protegen.